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El Café

Oct 7th, 2009 | By Abraxas | Category: Relato

coffe

El café se encuentra en contra esquina de una casa de citas. El hecho podría parecer de poca importancia, sin embargo me fuerza a reconsiderar si al estar sentado aquí, con la única intención de tomar una taza de café, es producto de la casualidad –acabo de desembarcar hace unos instantes y no tengo una noción clara de la configuración de esta ciudad- o responde a la búsqueda eterna por complacer mi profuso instinto sexual. Lo difícil de acercarse a una mujer, pienso, es asimilar lo que se busca con tal encuentro, inclusive si la mujer implicada es una prostituta.

Niego rotundamente que el acercamiento a una prostituta se reduzca a un burdo trámite comercial. Sin duda, existen más componentes ligados que son incluso más importantes que el “acto en sí”. De hecho, es un buen ardid literario el lidiar con prostitutas y hacerlas el motor que da impulso a una obra. Usual es el autor que entrado en años, un buen día decide crear un personaje con su viva imagen. Penoso es el paso de un Pnin, de un Roquetin, incluso el de un Bloom, pero increíblemente no el de un Haller, que inicia a latir nuevamente cuando una prostituta entra al juego de manera plena y no como un evento casual. El entorno define al ser innegablemente, por eso invocar de pronto a Helena -como lo hizo Goethe- trae consigo una afectación no sólo en el número de personajes, sino en el devenir de una historia, en la intensidad de lo vivido. De ahí parte mi negación, de reducir el encuentro a un evento intrascendente. No obstante es dudoso que tal acercamiento responda a un acto de “amor puro”. Más acertado quizás sería relacionarlo al poder, a una lucha por poder, de conseguirlo a toda costa.

Para el caso, hay que tomar por ejemplo a dos extremos que se contraponen moralmente: las prostitutas y las mujeres “reacias”. Podría tratar los puntos intermedios pero pensándolo bien no interesan, ni deben interesar, pues la mediocridad les hunde y tratarlos resultaría una pérdida de tiempo.

Bien, el amante de prostitutas no buscan lo pueril, lo simple, sino busca que su logro sea una conquista sobre todos aquellos hombres que le antecedieron, en donde el campo de batalla es el cuerpo de ella, donde el vencedor se queda con todo. Es una forma de sentirse superior, de estar por encima de todos los hombres, de toda clase, de todas las clases posibles. En cambio la conquista de una mujer reacia, dota al vencedor de una superioridad suprema al dominar sin usar la “fuerza”, y obtener la reverencia del vencido sin rencor, sin emancipaciones, sin revueltas, algo verdaderamente utópico.

No obstante, alcanzar la intimidad con una prostituta no implica siquiera un avance sustancial en el camino de conquista, de hecho confunde. Por eso resulta tan común estar equivocado en creer una correspondencia sincera. Por eso es tan fácil sufrir, amordazarse del corazón, tirarse del puente, recurrir a la eterna cita no establecida y anotarse en la lista de espera por un momento, un breve y cándido momento, y entender, que a pesar del todo, aún no existe indicio de que ella reconozca por fin al conquistador arribado, al amante platónico, al Odiseo reencarnado. En contraposición, estar en intimidad con una mujer recia es la prueba final de sumisión, de amor, de poder, y la única, antes no hay nada.

Paradójicamente para alcanzar tal meta, en ambos casos, es imprescindible establecer una estrategia que deje en último plano al acto sexual. Socavar las pulsiones permite que el acto en si se convierta en un símbolo de pureza, el cual sólo se alcanza cuando se ha pasado por el fuego divino, como Sita la esposa de Rama. Una vez consumado, el poder y la dominación son plenos. De acuerdo,  estoy siendo parcial, pues visto de otro modo en todo momento el dominio es de ellas.

Así son las cosas, bueno, así pienso que son. Tomo café y mientras sorbo un trago, veo transitar a las prostitutas sobre la acera de enfrente, fuera de la casa de citas. Acompañadas van, toman un taxi, o suben del brazo al carro de su amante en turno, con su bolsita dorada donde guardan lo indispensable para darse una mano de gato de vez en cuando (o tal vez la bolsita sirve como frazada para un revolver, por si acaso). Tomo café al tiempo que una prostituta sale violentamente de un carro y se baja la falda, y me doy cuenta que la mujer que está en la mesa de al lado puede corresponder al perfil que he trazado como “reacia”. Lo es sin duda. Su forma de vestir, su acento para con el camarero y su trato a los demás denota independencia e indiferencia. Mira insistente su reloj de pulsera, pero no tiene ese tic nervioso de colocar con el dedo índice el cabello sobre su oreja, y que sólo he visto en aquellas que están en el mediocre medio. Empieza a transmitirme su incomodidad. Todos la miran (bueno sólo somos tres y una pareja), pero de qué sirve si a todos ignora, inclusive a mi. No me caería mal intentar ir a sentarme con ella, ahora que el humo de su cigarro se confunde con el aroma de mi café. Podría calmarle y, calmarme y preguntarle sobre la existencia de un sitio turístico en este lugar, en el mundo, en un sueño posible (o imposible), que quisiera visitar. Claro, dejando en claro que no hay compromiso alguno: pender solo del tenue pero firme hilo que da el no conocer a alguien del todo. Las personas excepcionales saben bien que su atractivo radica en nunca dejarse despojar. Por eso me caen bien las prostitutas y las mujeres reacias, porque nunca se dejan arrancar secretos importantes, sólo hasta el final. Quien sabe, a lo mejor pueda convenir que esta mujer, que parece completamente reacia, se sume al sueño que me trajo hasta acá. Sería interesante el experimento: una mujer recia convertida, una ciudad convertida, un hombre convertido…que estoy diciendo, que estoy diciendo…¡ah!, si sólo vine hasta acá por una taza de café…

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Un comentario
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  1. Una agradable sicalipsis que ya nos debias hacia mucho. Nos quedamos esperando las otras.

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